El sol cae tibiamente a sus espaldas sobre la tarde casi
noche. Es abril y es otoño, en el día y en el alma. Él mira inquisidoramente al
horizonte, como buscando, en la delgada línea que deslinda el abrumador río
marrón del impecable cielo, las respuestas que no encuentra en su cabeza. La
mirada decididamente perdida en un pasado que vagamente reconoce. De pronto
gira la vista hacia su izquierda y encuentra la amable mirada que por momentos olvida
y, como un trueno que irrumpe despiadadamente un sueño, escucha una amable voz
que le relata una historia, que suele producir destellos de familiaridad en su
cabeza, como un extraño deja vu. Escucha atentamente las palabras, trata de
asimilarlas de una en una, cada tarde de cada día, siempre a la misma hora,
siempre en el mismo lugar de la costanera porteña…
Hasta hace unos años era dueño de una memoria poderosa,
tanto visual como auditiva y su cabeza estaba atiborrada de recuerdos que podía
relatar rememorando hasta el más mínimo detalle. Sus amigos lo apodaban Funes
el memorioso, aludiendo al célebre cuento de Borges. Era capaz de reconstruir
al detalle cosas del pasado de sus amigos, que ellos habían olvidado por
completo. Bastaba con que alguno de ellos le preguntara “¿te acordás de…? Y él arrancaba con un relato pormenorizado,
con datos del clima, de la situación del país, los aromas, él te colocaba, con
su relato en el momento del recuerdo que le reclamabas. A parte poseía unas
dotes de narrador notables, dueño de una teatralidad increíble a la hora de
evocar el pasado. Le gustaba definirse como un chamán de las pequeñas
historias. Solía bromear con que un día su disco rígido iba a colapsar y todos
los que alguna vez tuvieron relación con él, se iban a quedar sin pasado.
Uno de sus amigos, que era un psiquiatra afecto a las
neurociencias le pidió que se sometiera a una batería de estudios para dar con
las claves de tan colosal capacidad para el recuerdo. Acepto gustoso, no sin
antes advertirle que no hallarían respuesta alguna con sus estudios porque lo suyo era un don
que había heredado de su abuela paterna, una descendiente de tehuelches que lo
cautivó en su niñez con miles de historias, propias y ajenas. Se sometió a infinidad
de test y escaneos cerebrales a lo largo de dos meses y, como había anticipado,
no encontraron una respuesta científica a su don. Y él siguió amenizando las
reuniones con sus amigos en las que hacía gala de su capacidad para mantener
viva la memoria y la tradición de la narrativa oral. Mucho le insistieron todos
sus allegados para que volcara en el papel todos sus recuerdos pero siempre
fracasó en el intento. Es que no era lo mismo escribir que hablar, sentía que
algo se perdía en el camino, sentía que algo faltaba, que la escritura carecía
de las herramientas adecuadas para, aunque más no sea, acercarse a lo que
experimentaban él y los escuchas de turno cuando narraba recuerdos.
Pero un día salió a dar sus habituales paseos matinales y
desapareció. Al pasar las horas sin noticias de él, su compañera, preocupada,
lo llamó al celular y comprobó que se lo había olvidado sobre la mesa de la
cocina. Llamó a sus hijos para ver si sabían algo del padre, pero nada… Ella
decidió llamar a cada uno de los que encontró en la lista de contactos del
celular olvidado sobre la mesa de la cocina. Su desesperación fue creciendo a
medida que no hallaba respuestas satisfactorias a sus llamados. Entrada la
tarde llegaron sus hijos y los tres partieron a recorrer comisarías y
hospitales. Hicieron la respectiva denuncia, peinaron toda la zona por la cual
solía caminar y nada. Comenzaron una campaña de búsqueda a través de las redes
sociales con la esperanza de que alguien, a través del “compartir” diera con
otro alguien que supiera algo del Memorioso.
Pasaron los días, las semanas y los meses, sin noticia
alguna. Hasta que una mañana alrededor de las nueve sonó el teléfono y era
Carlos, el psiquiatra, que le comunicaba que el memorioso estaba vivo y que lo
había encontrado cerca de su casa cuando se dirigía al trabajo y que lo estaba
llevando al Hospital Santojanni porque su estado físico no era bueno y quería
que lo revisaran y atendieran y no dijo más, y ella, que no cabía dentro de su
cuerpo de la inmensa alegría que le causaba la noticia que ponía fin a meses de
amargura, soledad y desamparo, se vistió
con lo primero que encontró y salió disparada
para el hospital. En el camino le avisó a sus hijos que se deshicieron
de todos sus compromiso y fueron al encuentro de su padre. Carlos no quiso
entrar en detalles de cómo lo había encontrado vagando en la zona de Mataderos,
desaseado, delgado y desmejorado, y lo que es peor, con la mirada perdida,
ausente y sin reconocer a nadie.
Ya en el hospital, lo internaron y lo sometieron a estudios.
Carlos habló con un neurólogo que trabajaba allí y que conocía y este le confió
que hasta ahora, salvo la desnutrición y la severa deshidratación no habían
encontrado nada, que lo iban a dejar internado y ver cómo evolucionaba.
Permaneció veinte días internado, continuamente rodeado de su compañera, sus
hijos, sus amigos, pero él seguía ausente, no reconocía a nadie, no recordaba
nada. Los médicos llegaron a la conclusión de que padecía una rara enfermedad
que casi no estaba documentada en los anales de la medicina y a la que alguien
había bautizado como “desmemoria” para la cual no había fármacos ni terapia de
ningún tipo.
Sus familia y sus amigos siempre estaban acompañándolo,
tratando de que pudiera reconstruir su antaño prodigiosa memoria. A veces
esbozaba algún recuerdo que luego quedaba en la nada. Uno de sus amigos, Jorge,
propuso llevarlo todas las tardes hasta ese lugar en la costanera que a él
tanto le gustaba y contarle historias, todos estuvieron de acuerdo y su
compañera agrego que sería conveniente que fuera durante el otoño que era su
estación amada. Y así fue que cada otoño de cada año entre su compañera, sus
hijos y amigos, se turnaban para llevarlo unas horas antes del anochecer y
someterse al ritual diario de ver atardecer saboreando recuerdos aunque
lloviera o se desplomara el mundo.
El memorioso perdió su don y no volvió jamás de su
desmemoria. Pero ninguno de los que gozaron de las evocaciones de sus recuerdos
podrán olvidarlo.
El sol cae tibiamente a sus espaldas sobre la tarde casi
noche. Es abril y es otoño, en el día y en el alma. Él mira inquisidoramente al
horizonte, como buscando, en la delgada línea que deslinda el abrumador río
marrón del impecable cielo, las respuestas que no encuentra en su cabeza.
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