jueves, 26 de diciembre de 2019

Desmemoria


El sol cae tibiamente a sus espaldas sobre la tarde casi noche. Es abril y es otoño, en el día y en el alma. Él mira inquisidoramente al horizonte, como buscando, en la delgada línea que deslinda el abrumador río marrón del impecable cielo, las respuestas que no encuentra en su cabeza. La mirada decididamente perdida en un pasado que vagamente reconoce. De pronto gira la vista hacia su izquierda y encuentra la amable mirada que por momentos olvida y, como un trueno que irrumpe despiadadamente un sueño, escucha una amable voz que le relata una historia, que suele producir destellos de familiaridad en su cabeza, como un extraño deja vu. Escucha atentamente las palabras, trata de asimilarlas de una en una, cada tarde de cada día, siempre a la misma hora, siempre en el mismo lugar de la costanera porteña…
Hasta hace unos años era dueño de una memoria poderosa, tanto visual como auditiva y su cabeza estaba atiborrada de recuerdos que podía relatar rememorando hasta el más mínimo detalle. Sus amigos lo apodaban Funes el memorioso, aludiendo al célebre cuento de Borges. Era capaz de reconstruir al detalle cosas del pasado de sus amigos, que ellos habían olvidado por completo. Bastaba con que alguno de ellos le preguntara “¿te acordás de…?  Y él arrancaba con un relato pormenorizado, con datos del clima, de la situación del país, los aromas, él te colocaba, con su relato en el momento del recuerdo que le reclamabas. A parte poseía unas dotes de narrador notables, dueño de una teatralidad increíble a la hora de evocar el pasado. Le gustaba definirse como un chamán de las pequeñas historias. Solía bromear con que un día su disco rígido iba a colapsar y todos los que alguna vez tuvieron relación con él, se iban a quedar sin pasado.
Uno de sus amigos, que era un psiquiatra afecto a las neurociencias le pidió que se sometiera a una batería de estudios para dar con las claves de tan colosal capacidad para el recuerdo. Acepto gustoso, no sin antes advertirle que no hallarían respuesta alguna  con sus estudios porque lo suyo era un don que había heredado de su abuela paterna, una descendiente de tehuelches que lo cautivó en su niñez con miles de historias, propias y ajenas. Se sometió a infinidad de test y escaneos cerebrales a lo largo de dos meses y, como había anticipado, no encontraron una respuesta científica a su don. Y él siguió amenizando las reuniones con sus amigos en las que hacía gala de su capacidad para mantener viva la memoria y la tradición de la narrativa oral. Mucho le insistieron todos sus allegados para que volcara en el papel todos sus recuerdos pero siempre fracasó en el intento. Es que no era lo mismo escribir que hablar, sentía que algo se perdía en el camino, sentía que algo faltaba, que la escritura carecía de las herramientas adecuadas para, aunque más no sea, acercarse a lo que experimentaban él y los escuchas de turno cuando narraba recuerdos.
Pero un día salió a dar sus habituales paseos matinales y desapareció. Al pasar las horas sin noticias de él, su compañera, preocupada, lo llamó al celular y comprobó que se lo había olvidado sobre la mesa de la cocina. Llamó a sus hijos para ver si sabían algo del padre, pero nada… Ella decidió llamar a cada uno de los que encontró en la lista de contactos del celular olvidado sobre la mesa de la cocina. Su desesperación fue creciendo a medida que no hallaba respuestas satisfactorias a sus llamados. Entrada la tarde llegaron sus hijos y los tres partieron a recorrer comisarías y hospitales. Hicieron la respectiva denuncia, peinaron toda la zona por la cual solía caminar y nada. Comenzaron una campaña de búsqueda a través de las redes sociales con la esperanza de que alguien, a través del “compartir” diera con otro alguien que supiera algo del Memorioso.
Pasaron los días, las semanas y los meses, sin noticia alguna. Hasta que una mañana alrededor de las nueve sonó el teléfono y era Carlos, el psiquiatra, que le comunicaba que el memorioso estaba vivo y que lo había encontrado cerca de su casa cuando se dirigía al trabajo y que lo estaba llevando al Hospital Santojanni porque su estado físico no era bueno y quería que lo revisaran y atendieran y no dijo más, y ella, que no cabía dentro de su cuerpo de la inmensa alegría que le causaba la noticia que ponía fin a meses de amargura, soledad y desamparo,  se vistió con lo primero que encontró y salió disparada  para el hospital. En el camino le avisó a sus hijos que se deshicieron de todos sus compromiso y fueron al encuentro de su padre. Carlos no quiso entrar en detalles de cómo lo había encontrado vagando en la zona de Mataderos, desaseado, delgado y desmejorado, y lo que es peor, con la mirada perdida, ausente y sin reconocer a nadie.
Ya en el hospital, lo internaron y lo sometieron a estudios. Carlos habló con un neurólogo que trabajaba allí y que conocía y este le confió que hasta ahora, salvo la desnutrición y la severa deshidratación no habían encontrado nada, que lo iban a dejar internado y ver cómo evolucionaba. Permaneció veinte días internado, continuamente rodeado de su compañera, sus hijos, sus amigos, pero él seguía ausente, no reconocía a nadie, no recordaba nada. Los médicos llegaron a la conclusión de que padecía una rara enfermedad que casi no estaba documentada en los anales de la medicina y a la que alguien había bautizado como “desmemoria” para la cual no había fármacos ni terapia de ningún tipo.
Sus familia y sus amigos siempre estaban acompañándolo, tratando de que pudiera reconstruir su antaño prodigiosa memoria. A veces esbozaba algún recuerdo que luego quedaba en la nada. Uno de sus amigos, Jorge, propuso llevarlo todas las tardes hasta ese lugar en la costanera que a él tanto le gustaba y contarle historias, todos estuvieron de acuerdo y su compañera agrego que sería conveniente que fuera durante el otoño que era su estación amada. Y así fue que cada otoño de cada año entre su compañera, sus hijos y amigos, se turnaban para llevarlo unas horas antes del anochecer y someterse al ritual diario de ver atardecer saboreando recuerdos aunque lloviera o se desplomara el mundo.
El memorioso perdió su don y no volvió jamás de su desmemoria. Pero ninguno de los que gozaron de las evocaciones de sus recuerdos podrán olvidarlo.
El sol cae tibiamente a sus espaldas sobre la tarde casi noche. Es abril y es otoño, en el día y en el alma. Él mira inquisidoramente al horizonte, como buscando, en la delgada línea que deslinda el abrumador río marrón del impecable cielo, las respuestas que no encuentra en su cabeza.

Boceto Policial


Eran la tres de la tarde en punto cuando abrí la puerta de costado, sobre la colectora de General Paz, y entré a La Banderita. Un bar, pizzería, café de morondanga con pretensiones de restobar y un inconfundible, pero a la vez atractivo, tufo a empanada frita en grasa.
Busqué rápidamente una mesa sobre la ventana y me dirigí con paso aplomado hacia una para dos, ubicada justo al lado de la puerta principal, sobre la ochava con Rosas, apoye la tablet sobre la mesa, corrí la silla, me saqué la campera, la bufanda y me senté a la espera del mozo, que no se demoró en llegar.
-Buenas tardes - irrumpió con voz afable, mientras repasaba la mesa - que le podemos servir al caballero...
- Buenas tardes, un cortado liviano y una ginebra doble, si es tan amable – respondí, tratando de emparejar su cordialidad.
Afuera la aspereza del invierno comenzaba a poblar la calle de gente que va volviendo de laburar con el paso ligero que el frío impone en el andar... Aquí adentro por el contrario, al abrigo de la calefacción todo era más pausado.
A menudo suelo venir a este y otros bares a la caza de material para mis relatos, para mis poemas. Trato de adivinar las historias que se esconden en cada uno de los que allí se encuentran. Tomo apuntes en mi tablet, también alguna que otra foto que me ayude a rememorar, más tarde, situaciones, personas que pueden convertirse en personajes. A veces solo escribo impulsado por el ambiente, otras tantas solo leo algún libro. En fin, buena parte de mi vida me la he pasado en bares, solo, con amigos, con alguna mujer a la que cortejaba. Soy de una generación que solía encontrarse en bares a tomar un café y era la perfecta escusa para contarse las cuitas, discutir el rumbo del país, el rumbo del mundo.
El mozo se acercó y con esa cadencia que les es propia depositó el cortado y la ginebra sobre la mesa.
-Sírvase, caballero
-Muchas gracias – contesté
Cada uno volvió a lo suyo, él a cuidar que nadie este sin atender y que nadie se vaya sin pagar y yo a mis disquisiciones mientras aguardaba, como buen pescador, que alguna historia se clave en mi anzuelo.
Mientras comenzaba a saborear mi ginebra irrumpió en el bar una joven, que a las claras desentonaba con el lugar. Elegantemente vestida, con ropa en apariencia costosa, se sentó en una de las mesas dobles que están en medio del salón, miró su reloj, miró el reloj que está en la pared, detrás de la caja, y alzó impaciente su mano para llamar al mozo, quién asintió con su cabeza mientras se dirigía hacia ella. Consultó al mozo sobre algo e hizo su pedido, que resultó ser un té.
Con mucha prudencia desplacé mi tablet hasta que la cámara quedó enfocándola y saqué algunas fotos. Se notaba su impaciencia por la demora en la llegada de alguien con quien debía encontrarse en ese lugar. Bebía su té de a sorbos pequeños y consultaba su reloj nerviosamente.
Pasaron no más de diez minutos, cuando por la puerta de la ochava entró un señor  cincuentón, muy bien parecido y muy bien vestido. Ella dio un pequeño respingo al verlo aparecer y alzó nuevamente su mano, no ya para solicitar los servicios del mozo, sino para indicarle al hombre que acababa de entrar, que ella estaba allí.
El hombre se acercó a la mesa y se sentó sin saludarla. Comenzaron un diálogo en voz baja, con mucha gesticulación de parte de ambos, él trataba de mostrarse calmado y comprensivo, ella en cambio iba ganando en nerviosismo y comenzaba a alzar la voz. El hombre hizo el amague de levantarse y ella estallo en un grito a la vez que se ponía de pie, abría su cartera y extraía una pistola con la cuál le efectuó cuatro disparos, dos al pecho y dos a la cabeza. El estruendo de los balazos y el olor a pólvora inundo el salón. El hombre cayó de espaldas al suelo, ya sin vida. El bar se convirtió en un verdadero caos, todos estábamos estupefactos. La joven mujer dejó el arma sobre la mesa y se sentó, el mozo corrió a trabar las puertas, la policía, que tiene un puesto de control sobre la colectora corrió hacia el bar. Yo apagué y cerré mi tablet. A los pocos minutos el lugar estaba lleno de policías. La joven fue llevada detenida sin resistencia alguna, también llevaron como testigos a  tres personas que estaban en la mesa más cercana.
Nadie salía de su asombro. Yo termine mi ginebra y me acerque a la caja a pagar. Salí por la puerta que da a la colectora a la vez que llegaba la ambulancia que, seguramente llevaría el cadáver, que yacía en medio del salón tapado por manteles, a la morgue.
Caminé las cuadras hasta mi casa entre cientos de preguntas que sacudían mi cabeza.
Entré y encendí el televisor, puse Crónica TV porque cuando me marchaba vi llegar detrás de la ambulancia a un móvil de ese canal.
 Luego de bancarme varias conjeturas y opiniones de gente que no sabía que había ocurrido, y las decenas de preguntas del movilero del canal a los transeúntes, decidí apagar la tele.
Fue recién al otro día que se supo acerca de la causa del asesinato.
El tipo era el gerente de personal de una importante empresa de servicios informáticos.
La joven era una flamante ingeniera en sistemas que había sido abusada por este tipo, que quedó embarazada y fue obligada a abortar bajo amenazas de perder el trabajo, que de todos modos perdió cuando se realizó el aborto, ya que el tipo la despidió.
La joven perdió la calma y la cordura y le descerrajo cuatro balazos.
Comprendí por enésima vez que el pasado nunca se queda donde pretendemos dejarlo


Sólido, lo suficientemente sólido

Cuando cerró la puerta esa tibia mañana, supo que iniciaba un camino sin retornos, un camino de soledad casi monacal. Cruzó la calle distr...